Crónica de la Represión: La Jornada Guerrero

Los normalistas de Ayotzinapa bloqueaban la carretera para exigir clases

Policías matan a tres estudiantes durante desalojo en la autopista

MARGENA DE LA O

Chilpancingo, 12 de diciembre. Policías que pretendían desalojar a estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa cuando bloqueaban la autopista del Sol, para exigir al gobernador Ángel Aguirre Rivero una audiencia, los reprimieron a balazos y asesinaron a dos de ellos.

En la embestida policiaca, ordenada por mandos de gobierno a través de radio, hubo un número indeterminado de heridos, y 24 personas fueron detenidas. Los estudiantes demandaban que reactivaran las clases en la normal, suspendidas desde hace más de un mes.

A las 12 del día los jóvenes empezaron a reunirse a un lado de la autopista, a la altura de la tienda Liverpool, y a las 12:15 o 12:20 a lo más, los cuerpos de Jorge Alexis Herrera Pino, y Gabriel Echeverría de Jesús, ya estaban tirados e inertes sobre el asfalto de cuota.

La agresión

Todo comenzó con una cortina de humo, provocada por las bombas con gas lacrimógeno que salieron de manos de policías federales. Fue la primera impresión de la escena observada desde la parte frontal (norte a sur de la autopista). Gritos. Zozobra. Reporteros, turistas, gente común que tuvo la mala fortuna de pasar ahí, colocados pecho al piso por indicación. Chillantes cláxones de los vehículos varados. Más gritos.

Enseguida, vino la primera ráfaga de balas al aire, de los policías federales, autorizada mediante un enlace por radio. La segunda ráfaga, más prolongada, ya no salió de las mismas armas: policías ministeriales abrieron fuego contra los estudiantes del lado derecho (carril norte-sur), al entrar por el puente de la tienda departamental, para acorralarlos entre el ya opresivo bloqueo de carros. No tardó mucho para que los policías federales también apuntaran hacia el mismo blanco.

Del otro lado, el de Ayotzinapa, el de los normalistas rurales de un presupuesto diario de 50 pesos para alimentación, respondieron, porque sí lo alcanzaron a hacer, con palos y piedras. Las bombas caseras que llevaban no las usaron porque no dio tiempo de llenarlas de combustible de las dos gasolineras de lado a lado del tramo. Algunos, en el intento de defenderse, alcanzaron a prender fuego a los aceites envasados de esos establecimientos.

Los policías lanzaron entonces algunas granadas de fragmentación hacia los normalistas, que para ese momento se refugiaban entre los huecos de sus autobuses y los muros de concreto que dividen la carretera. Eran cinco en total, según se pudo contabilizar después, y ninguna alcanzó a detonar, pero provocaron pánico y al menos dos huidas a galope de todos los que rodeaban la escena. Los únicos inmóviles eran los dos estudiantes muertos, ambos de menos de 22 años.

Otro fragmento de avasallamiento: un joven que vestía playera roja gritó a los policías federales, al mismo tiempo en que tocaba su abdomen, del cual escurría sangre, pidiéndoles ayuda porque lo habían herido.

–Me diste –le dijo al policía que le había disparado.

–Vete a la verga –le contestó el uniformado.

Entonces el joven se alejó.

El normalista de playera roja, fue uno de los incuantificables heridos que como pudieron, buscaron refugio en los camiones en que llegaron. Otros tantos no corrieron la misma suerte: fueron detenidos por los policías federales; algunos normalistas chorreaban sangre. Los ministeriales hicieron la misma tarea, y a ellos también les valió lo mismo si eran niños, estudiantes, empleados o reporteros, como Éric Escobedo, quien fue arrestado, golpeado y liberado, por presión de otros comunicadores de la capital.

Antes de que la neblina provocada por las granadas de humo bajara, los policías armados se fueron, pero quedó una guardia policiaca resguardando y acordonando la zona.

En ese momento se ubicó con claridad a los dos jóvenes muertos: Alexis, el de Atoyac, estaba atravesado en el carril de norte a sur, boca arriba, con el pantalón de mezclilla y la playera oscura que vestía, ensangrentada a causa del torrente rojo que salía de la parte superior de su cuerpo. A él, aún vivo, se le había visto descender de unos de los siete autobuses en que viajó toda la base estudiantil desde Ayotzinapa, y el centenar de miembros de organizaciones costeñas que los acompañaron, con una actitud de arrebato revolucionario. Era uno de los líderes.

Gabriel, era el de apariencia robusta, de Tixtla, que cayó boca abajo, con una pequeña mochila que traía sobre su cabeza, al parecer tras el impacto de bala que se le vio en el cuello. Dos fotografías en secuencia que más tarde exhibiría el periódico Reforma lo muestran corriendo corriendo en una, por la autopista despejada, y en la siguiente, ya abatido.

A lo lejos, una niña de unos cuatro años que salía de la tienda Liverpool, en la que refugió con su madre, observaba cómo personal del Semefo, pasadas las 2 de la tarde, levantaba los cuerpos de ambos normalistas.

–¡Mami, ya no quiero que tiemble como ese día y hoy! –le dijo, y la abrazó.

Más tarde, normalistas informaron que otro estudiante, Édgar David Espíritu, estaba malherido.

En su cuenta de Twitter, el diputado federal del PT Gerardo Fernández Noroña, dio a conocer que el alumno mencionado había fallecido.

Horas más tarde, la Liga Mexicana por la Defensa de los Derechos Humanos informó del deceso del estudiante, con una carta que le envió al presidente Felipe Calderón Hinojosa.

Al cierre de la edición, el Colectivo contra la Tortura y la Impunidad (CCTI) confirmó la muerte de Édgar David Espíritu, con lo que al final de la jornada sumaron tres víctimas en el desalojo.

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