Más allá del diálogo: Esteva

Gustavo Esteva | 27 de junio | La Jornada

Se discute aún si Javier Sicilia se equivocó o no al concertar el diálogo con Felipe Calderón; si habría o no traicionado a quienes se opusieron a él; si no habría condenado al movimiento al fracaso y extinción.

Se trata de una discusión legítima, aunque carece de la importancia que se le atribuye. Javier buscó el diálogo y acudió a él con plena conciencia de lo que significa. Conoce bien los fracasos de los diálogos, el de San Andrés en primerísimo término, y el de todos los que se han realizado en torno a la guerra de Calderón, particularmente en relación con Ciudad Juárez. No ha dejado de denunciar esos resultados. Con todas sus reservas y dudas, apostó por él como práctica de la democracia y como forma de apelar a la moral del otro, del violento, del opresor, del criminal. Está convencido de que, a menos que el corazón se haya oscurecido a grados demoniacos, un hombre puede escuchar el latido humano de su corazón.

Aunque lo hizo con esas reservas, es difícil que haya imaginado el grado de cerrazón que encontró. Calderón se redujo a defender su guerra. Si de algo me arrepiento es por no haber enviado antes a las fuerzas federales, señaló. Una vez más alegó airadamente: “Prefiero asumir la crítica…de haber actuado, a quedarme con el cargo de conciencia de haber visto el problema y, por conveniencia, no haber hecho nada”. Nadie le ha pedido pasividad. En vez de seguir presentando como gesto heroico lo que es su obligación, necesitaría ver alternativas a lo que decidió, como las que ahí mismo le mostraron. Pero no quiere, no puede verlas.

Hay frustración y desaliento en quienes acudieron de buena fe al diálogo. Infortunadamente, es puro circo, le pasó en una tarjeta a Javier Julián LeBarón.

Sigue obstinado, señaló Javier al salir del Castillo de Chapultepec.

La gravedad de la sordera y ceguera presidencial no se refiere solamente al hecho de que Calderón sigue sin aceptar el fracaso evidente de su estrategia. Persiste en negar que ha aumentado la producción, tráfico y consumo de drogas, junto con el número de víctimas, los niveles de violencia y la inseguridad. No reconoce que por esa vía no alcanza ninguno de sus propósitos manifiestos e impone a la sociedad costos insoportables.

Dijo algo más terrible todavía, comentó Javier. “Dijo: ‘Estoy dispuesto a pagar los costos morales’. Ya no le importa cargar con la culpa y responsabilidad por las 40 mil muertes y las más de 10 mil desapariciones. Creo que es irresponsable que diga eso, porque entonces no oyó. Ahí estaba en un primer discurso, en la presencia y testimonio de las víctimas, el gran fracaso de su estrategia. Sigue obstinado y quiere seguir pagando esos costos. Lo lamento por él. Creo que llevar el dolor de tantas víctimas para siempre es un costo moral muy alto.”

No puede ya pensarse en bendita ignorancia displicente, propia del mal de altura. No es información sesgada o insuficiente. No es ya asunto moral o patológico, como diría John Berger, sino ideológico. Y se trata de una ideología ferozmente autoritaria, en la que ya no importa recuperar la confianza de la gente para poder gobernarla. Eso es ahora lo que necesitamos enfrentar con entereza, más allá de la comisión de seguimiento a acuerdos que resultan insignificantes, fuera de proporción con lo que se discutía, más allá del diálogo.

Bajo el nombre común de Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad se encierra hoy una variedad de iniciativas, propósitos y empeños. Es un movimiento sin líderes, dirigencias, comité central o estructuras organizativas generales, aunque todo género de mentalidades leninistas, desde la izquierda o la derecha, lo abordan en esos términos e insisten en tratar a Javier Sicilia como dirigente supremo.

El asunto pasa ahora a manos del movimiento. Lejos de quedarse a la espera de lo que puede o no hacer esa estructura encerrada en sí misma, necesita preparar sus siguientes pasos, que deben estar a la altura del desafío, de la emergencia nacional bien caracterizada por Javier Sicilia, y de los riesgos que impone a todos la obstinación de Felipe Calderón.

Además, Javier, opino que no podrá haber paz y justicia en este país mientras no se cumplan los acuerdos de San Andrés, como Salvador Campanur señaló ante el Presidente. No sólo habló en nombre de su pueblo, Cherán, sino en el de sus hermanos y hermanas, pueblos y naciones indígenas que se han encontrado en el camino del movimiento.

gustavoesteva@gmail.com

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