El gran desafío de Sicilia: Willivaldo Delgadillo

Willivaldo Delgadillo | La jornada | 23 de junio

Hace apenas dos semanas Javier Sicilia se encontró en Juárez con Luz María Dávila y en su abrazo fundieron en una sola la fuerza moral de ambos. Esa nueva plataforma ética puede convertirse en un punto de inflexión cuyo horizonte posibilitara el fin de una guerra absurda y la refundación del país. Ahora Sicilia se apresta a dar un salto mortal: reunirse con Felipe Calderón en el Museo de Antropología ante la mirada expectante y por momentos desconcertada de partidarios y detractores.

Las protestas han empezado a marchar ya desde la redes sociales. Articulistas y analistas políticos de todos los signos han puesto a Sicilia bajo la mira. Unos, con argumentos sólidos, lo llaman a la congruencia. Otros, la mayoría por encargo, intentan polarizar un movimiento nacional que acusa un alto grado de volatibilidad. Todas las apuestas están en contra de Sicilia y los boletines de la Secretaría de Gobernación dan la razón a quienes auguran el fracaso de este esfuerzo. El escenario es reminiscente de las reuniones del programa Todos Somos Juárez en febrero de 2010, cuando el gobierno logró desmovilizar la respuesta de quienes se opusieron a su retórica de guerra. Sin embargo, ahora las cosas podrían ser diferentes.

Después de más de tres mil kilómetros recorridos, Sicilia sabe de primera mano que las personas que se movilizaron para acompañarlo y para recibir a la caravana en Juárez lo hicieron para exigir justamente lo que la ciudadanía está obligada a exigir cuando la traicionan. Comparte esa perspectiva desde antes de que esa guerra absurda desencadenada por Calderón lo convirtiera a él también en una víctima.

En Juárez las movilizaciones más numerosas y consistentes han sido por la justicia. Sin embargo, en el sustrato de las demandas de justicia ha crecido la de la desmilitarización, que en un primer momento era la demanda de unos cuantos. Las condiciones de repetición de muchos de los casos están en los dispositivos de seguridad que se han instalado en la calles y en las mentes de quienes detentan el monopolio de la violencia. Los agravios son infinitos y sus formas conforman un compendio del horror. En los últimos años la Policía Federal y el Ejército Mexicano han alternado el control policiaco de la ciudad y del Valle de Juárez. En realidad sus acciones son parte del mismo esquema, de la misma estrategia que se ha denunciado como fallida. Una guerra de baja intensidad combinada con acciones policiacas de alto impacto es lo que marca el infinito horizonte de la guerra en Juárez. No nos encontramos ante una estrategia fallida, sino ante la producción de una nueva forma de vida.

Muchos en México comprenden ya que la desmilitarización de la vida social, en su sentido más amplio, es una condición preponderante para refundar el país, pero también es necesario aceptar que desmontar la maquinaria de guerra del Estado implica una actividad política compleja y una movilización no solamente multitudinaria, sino múltiple, es decir, enfilada desde diferentes ángulos por una diversidad de actores, cuyas acciones estén en permanente rearticulación. No es concebible organizar a la multitud desde un solo espacio.

Desde el surgimiento del zapatismo en 1994, no había aparecido en México otro movimiento que despertara la conciencia, la imaginación y los ánimos de debate como lo ha hecho éste, encabezado por Javier Sicilia, no desde Morelos, sino desde la nueva geografía del dolor. Un país igualado por la violencia explica la resonancia de su convocatoria. Sicilia sabe que el camino será largo; no fue una casualidad que en el Monumento a Juárez haya leído un poema de Constantino Cavafis en lugar de hacer un discurso político.

Las expectativas depositadas sobre la caravana han sido desmedidas. Si bien es cierto que el movimiento se ha convertido en un espacio de debate singular, mucho más genuino y atractivo que las convencionales esferas políticas mexicanas, no es razonable esperar que todas las acciones emanen de él. Es inquietante el tono apocalíptico de quienes actúan como si en ese movimiento se jugara la última carta de la sociedad mexicana. También lo es la actitud de algunos que mientras reclaman horizontalidad y denuncian al nuevo caudillo, se desplazan hacia el interior del movimiento de manera vertical, literalmente disputando un lugar en el templete. El movimiento tendrá que aprender a acomodar en su interior a visiones diversas y procesar las propuestas a veces contradictorias.

Es importante no despeñarse en prematuras acusaciones de traición. Mediante un correo electrónico, una de las organizadoras y participantes en las jornadas de la caravana en la frontera reaccionó de la siguiente manera ante los intentos de linchamiento al poeta: Sicilia ha instalado en la sociedad mexicana (no en los grupos que vienen resistiendo desde siempre) la idea de que ésta fue una guerra inútil y empieza a rescatar del olvido a los muertos y los desaparecidos; habrá que pensar cómo seguir, cómo profundizar la discusión, cómo llegar a acuerdos que expresen mejor las necesidades de la frontera, pero honestamente, compañeros, yo no me siento usada por Sicilia, porque en el peor de los casos este movimiento sirvió para que hoy ya casi nadie se anime a defender esta guerra, más bien me siento ofendida con aquellos que dicen que en Ciudad Juárez se jodió la movilización.

La gente que se reunió en Juárez para exigir justicia el 11 de febrero de 2010 es la misma que, haciendo a un lado sus diferencias, se constituyó en asamblea y convocó a muchos más para organizar la recepción de la caravana. Es la misma que, con muchos más, aspira a construir ese proyecto y ese lenguaje político nuevo. Javier Sicilia enfrenta el gran desafío de desenmascarar a Calderón. Las cosas en el país podrían tomar un curso distinto si asumimos el reto colectivamente y en el esfuerzo ayudamos al poeta, y a nosotros mismos, a no caer en las garras de cíclopes y lestrigones.

* Escritor. Autor de varios libros, con los que ha obtenido reconocimientos como el Premio Chihuahua de Literatura en 1995, el Premio del Instituto de Letras de Texas en 1997 y el Southwest Book Award de la Asociación de Bibliotecarios de la Frontera en 2001. Impulsor del Movimiento Pacto por la Cultura en Juárez.

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